Biología sintética y ciencias sociales, un diálogo difícil

Desde comienzos de los años dos mil, la biología sintética es una área de investigación en pleno desarrollo. Por un lado, se alimenta de importantes ambiciones teóricas, ya que consiste en la aplicación a la biología de los principios de la ingeniería. Por otro, al anunciarse como la nueva revolución industrial, reivindica un gran potencial de aplicaciones y, por consiguiente, profundos cambios económicos y sociales, ya que sus aplicaciones alcanzan sectores tan diversos como el de la salud, el agroalimentario, el ambiental o la producción de energía. En la práctica, si ciertos discursos sugieren que la biología sintética será el cuerno de la abundancia de principios de siglo XXI, muy pocas aplicaciones están ya disponibles, con la excepción de algunos casos emblemáticos como la semisíntesis de la artemisinina, un medicamento contra la malaria que ya produce en grandes cantidades Sanofi.

Sin embargo, la biología sintética alimenta ya varios debates en la sociedad. A raíz de la recomendación de la Organización Mundial de la Salud de utilizar combinaciones terapéuticas a base de artemisinina, miles de pequeños agricultores asiáticos y africanos han desarrollado el cultivo de la planta que la produce de forma natural, el ajenjo dulce (Artemisia annua). En 2009, después de un período en el que se alternaban sobreproducción y subproducción de artemisinina natural, surgió una iniciativa de planificación a escala mundial de fármacos basados en artemisinina, lo que permitió consolidar el sector y responder a sus necesidades. Producida por el mismo precio a partir de 2013, la síntesis de la artemisinina sintética está compitiendo con los pequeños agricultores y desbaratando un mercado aún frágil sin que constituya por ello un progreso médico real. ¿Cómo podemos, pues, asegurarnos de que las aplicaciones de la biología sintética estarán en consonancia con las necesidades sociales y ambientales, y limitar sus efectos negativos? Una de las principales novedades de la biología sintética fue querer anticipar, a través de una colaboración sistemática con las ciencias sociales, las consecuencias de sus futuras aplicaciones para la sociedad. Se han desarrollado varias estrategias en esta dirección, pero todas tienen sus limitaciones. ¿Cuáles son y cómo superarlas? Esto es lo que vamos a examinar. En octubre de 2011, el New York Times publicó un artículo sobre el conflicto entre el antropólogo estadounidense Paul Rabinow y Jay Keasling, director de SynBERC, centro de investigación puntero en biología sintética. Financiado por la Fundación Nacional para la Ciencia de los EE.UU. (NSF), el SynBERC reúne a las instituciones académicas de aquel país más involucradas en la biología sintética; Rabinow se ocupaba de los aspectos éticos y de la bioseguridad. Cuando su trabajo fue considerado demasiado descriptivo y bastante inútil en la evaluación del proyecto de la NSF en 2010, Rabinow fue destituido de su cargo y reemplazado por Drew Endy, experto en ingeniería biológica. Se produjo entonces una fuerte tensión: Rabinow argumentó que se ignoraron sus recomendaciones para mejorar la seguridad del proyecto y que él no quería seguir avalando a unos investigadores con tan poco sentido de la responsabilidad. Keasling replicó que Rabinow no había hecho el trabajo que se esperaba de él, que no lo haría y que los 700.000 dólares destinados a la línea de investigación «La práctica humana» fueron mal utilizados. Mas informacion:http://www.investigacionyciencia.es/investigacion-y-ciencia/numeros/2014/10/biologa-sinttica-y-ciencias-sociales-un-dilogo-difcil-12444?utm_source=boletin&utm_medium=email&utm_campaign=Sumario+Investigaci%C3%B3n+y+Ciencia+-+Octubre+2014  
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